SALVAJE Y ORGULLOSA

 

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01. Dos caraqueños

Dicen los caraqueños aludiendo a una famosa canción de Soda Stéreo que la verdadera Ciudad de la Furia no es Buenos Aires, sino Caracas. Tal vez Buenos Aires es demasiado hipster para ser realmente furiosa, aunque en realidad todas las grandes ciudades lo son, furiosas y fatuas. Pero Caracas es otra historia. Porque sobrevivir en Caracas es un orgullo, no importa si eres rico o pobre.

 

Hace cuatro años que viajé por primera vez a Venezuela. Lehman Brothers la acababa de armar tremolina en Wall Street y yo no sabía demasiado de Chávez (verdad que todos estáis deseando que hable de él). Venía de paseo y por amor, a conocer Latinoamérica. En España estaba empezando a trabajar como guionista con muchas ambiciones, y empezaba a vislumbrar un futuro, la idea de que, sí, yo iba a poder vivir de hacer lo que quería. Corte a 2012. España está deprimida y depresiva. Mi generación siente que le han cercenado algo, yo también. Una no quiere caer en el victimismo, así que hace las maletas otra vez y migra como las golondrinas, a lugares más calientes mientras pasa el invierno. Ahora estoy aquí trabajando para una productora en Caracas. La vieja historia de hacerse las Américas, digo en broma. La cuestión es que alguien me ha abierto los brazos. He venido buscando trabajo, así que voy a escribir en una telenovela.

 

Caracas está en un enorme valle. Todo lo que la rodea son montañas verdes, siendo la más grande el Ávila, parque nacional. Hay unos seis millones de habitantes en la ciudad propiamente dicha y esa cifra aumenta hasta más del doble si consideramos todas las aglomeraciones urbanas de la periferia. Es decir, aproximadamente doce de los veintinueve millones de habitantes de todo el país viven en Caracas y sus ciudades satélite.

 

Las laderas de las montañas están cubiertas de barrios. Un barrio es como los caraqueños llaman a una aglomeración descontrolada de casitas construidas espontáneamente con todo tipo de materiales, el urbanismo de la necesidad urgente de un techo. Por eso y aunque cada vez más los vecinos se organizan para gestionar los asuntos colectivos, hay problemas con la recogida de basuras, el suministro de agua o la propiedad de los terrenos urbanizados. La mayoría de Caracas son barrios, la mayoría de la población vive en barrios. Sin embargo quienes no viven en los barrios rara vez ponen un pie allí.

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02. Edificio de oficinas y viviendas en el centro de la ciudad

 

Grandes contrastes. Las primeras veces que vine me quedé en un apartamento en el piso octavo de un edificio en la Plaza Altamira. Un edificio bonito, emblemático de la arquitectura de la Caracas de antaño, que así la llaman. Arquitectura tropical de los años 50 en una ciudad donde cualquiera podía llegar y cumplir su sueño de hacerse rico y elegante a costa de exprimir la tierra y lo que fuese menester exprimir, sin pensar en las consecuencias. Una reminiscencia arquitectónica de la Venezuela saudita. Desde el balcón de aquel apartamento se veían las colinas y los barrios. A mí me daba que pensar cada vez que salía a fumar un cigarrillo. Las clases medias y altas se concentran en el fondo del valle, con súperabundancia de medidas de seguridad, rodeadas de los barrios que tanto les asustan. En la topografía de la ciudad ya está claramente inscrita la brutal diferencia de clases que es una de las razones fundamentales por las que Chávez tiene tanto apoyo entre la población.

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03. Una caraqueña en una tienda de ropa, con afiches pro Chávez

Cuando alguien extranjero conoce a un venezolano lo primero que quiere saber es cuál es su posición respecto a Chávez. Como para un segmento importante del mundo occidental es uno de los súper villanos, o lo ha sido hasta que los súper villanos de Wall Street han salido del armario directos al número uno y dándole en parte la razón, todo cuanto rodea a Chávez se vive con interés cinematográfico, como si siguiésemos una ficción. Chávez es un presidente-showman. Y ver una intervención suya con frialdad mental (difícil con un hombre que levanta tantas pasiones en todos los sentidos) es algo tronchante. El mismo comandante se expresó así, hace poco: ‘La función debe continuar’.

 

La frialdad mental en lo relativo al Caribe es imposible. Las opiniones, los paisajes, las vivencias, todo está empapado en sudor, en el sudor de después de cualquier ocupación placentera.

 

La segunda cosa célebre de Caracas es la violencia. Tristemente. Las cifras de secuestros exprés y muertes violentas son muy altas. Todo el mundo tiene una experiencia al respecto de primer grado. Un día nos llevamos un susto cuando un mango cae sobre el coche cuando estamos dentro: ¡Bum! En la ciudad hay muchos mangos y muchas pistolas y el cerebro desarrolla un estado de paranoia cuando se ve inmerso en el problema de la inseguridad. Este es el nombre genérico que por convención se da al problema completo, causas, implicaciones y manifestaciones. La vida cotidiana de la ciudad está marcada por la inseguridad. Por ejemplo uno suele tener taxistas de confianza adscritos a líneas de taxi de confianza. No es habitual salir a la calle y parar un taxi cualquiera. Si es que uno se gasta la plata en ir en taxi, claro. Yo no sé manejar (conducir), y desplazarse por la ciudad, sobre todo en la noche, es complicado. Llevo en mi cartera la tarjeta de Azabache. Azabache es una morena recia que lleva turbante, conduce un taxi y trabaja bajo seudónimo. Es una mujer muy seria, que cuando me extiende la tarjeta de la línea con su número de móvil ha escrito ‘Azabache’ en bolígrafo negro bajo la rúbrica ‘Señor taxista’, dos puntos.

 

Alguien ha cubierto todas las farolas de una calle con pegatinas gigantes. Dicen ‘Adquiere sabiduría: No matarás’.

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04. La vendedora de huevos y frutas tropicales reflexiona. Al fondo, el televisor en el que verá su novela

Toda esta problemática hace que la gente desconfíe de otra gente. Pero uno no va por Caracas y las personas le resultan desconfiadas y antipáticas: en absoluto. Del lado luminoso de la idiosincrasia venezolana me atrae la alegría, en la acepción más sencilla de la palabra. Las personas que me voy encontrando, en general son alegres, vitalistas, conversadoras, cariñosas, bromistas, hedonistas. Todo eso coexiste con la viveza criolla (o ser un listillo, buscarse la vida por la vía fácil aunque sea a costa de otros), y la suspicacia que la viveza criolla fomenta. A base de hablar con las personas en los distintos lugares del mundo, uno va adquiriendo la habilidad de moldearse comunicacionalmente, y yo me he dado cuenta que cuando hablo con la gente de los comercios en Caracas, me sale emplear una dulce franqueza, nada de bestialidades a la española, pero tampoco de pacata y europea reserva, y luego está el sentido del humor criollo, que como en todas partes del mundo, es un elemento clave a dominar.

 

Y no utilizar las palabras ‘coger’ y ‘tirar’, que aquí significan ‘follar’. Es por esto que me doy cuenta de lo mucho que utilizo las palabras coger y tirar en sus acepciones más castas. Alguien me pregunta ‘por mis papás’, y yo digo, ‘ahí van, tirando’, y tengo que hacer frente a una gran expresión de desconcierto.

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05. Turista china con paraguas conversa con militar en la Plaza Bolívar. Quizá esta orquesta tenía como fin agasajar al grupo de chinos que visitaba la plaza, ¿algún negocio conjunto de ambos países?

Veo la televisión mientras ceno en la terraza de un restaurante chino que da a una plaza en el municipio de Chacao (Caracas se divide en municipios que gobiernan alcaldes de distinto signo político, un factor clave a la hora de entender por qué la riqueza no se redistribuye dentro de la ciudad). La plaza es un lugar sifrino, es decir pijo, que desde que fue remodelado sale en un montón de publicidad. Ausente de la conversación en la mesa, sigo en directo las últimas novedades del desalojo de La Planta, un centro penitenciario en cuyo interior ha tenido lugar un enfrentamiento armado entre distintas bandas de presos. El tráfico de armas dentro de los penales es habitual y acongoja. Escucho las conversaciones en las mesas a mi alrededor, no muchos hacen caso de la tele. El municipio de Chacao es en teoría uno de los más seguros. En la plaza, la gente disfruta de la brisa alrededor de un estanque, conversan, juegan, a través de los cristales de la nueva biblioteca se ve a varias personas caminando entre los libros. Unos días más tarde leo en el periódico que presos trasladados de La Planta a otro penal se han cosido la boca con hilo y aguja en protesta por las amenazas que han recibido de los otros reos.

 

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06. El sincretismo venezolano incluye santos no homologados por el Vaticano.

 

Como dije, la gente que no vive en los barrios no los suele frecuentar mucho. Es verdad que son peligrosos, pero también es verdad que dentro de los barrios suceden cosas interesantes. Mi experiencia ha sido breve, estuve allí durante el rodaje de una película, trabajando. Estuve en La Ceiba, en San Agustín. Lo eligieron como locación entre otras cosas porque las casas de La Ceiba han sido intervenidas por artistas grafiteros, y verlas desde las alturas es un espectáculo muy hermoso, más colorido de lo que los barrios ya de por sí son. El Metro Cable lleva en funcionamiento pocos años, es un teleférico que sube de la ciudad al cerro y lo recorre hasta bajar de nuevo. Esto ha tenido un gran impacto para los habitantes de San Agustín (el barrio es un laberinto para los coches) en su relación con el resto de la ciudad. Algunas personas del equipo y yo dimos varias vueltas en el Metro Cable, como si fuese un espectáculo, filmando desde las alturas. Parecíamos guiris con sandalias en invierno, y los habituales del metro Cable nos miraban como si fuésemos lerdos. Quizás lo éramos un poco, viendo la extensión inmensa del barrio como si estuviésemos en una atracción de feria.

 

Estar en La Ceiba durante los días de rodaje era como estar en un pueblo. El primer lugar que conocí de Caracas donde la gente hace verdaderamente la vida en la calle, las puertas de las casas abiertas y las vecinas conversando. La montaña late con el pam pam pam de los tambores, y no hay momento del día en el que no salga música de algún lado. Yo tenía una oficina improvisada en una casa, junto a un corral con gallinas y cabras. Más allá de las cabras, uno podía ver los rascacielos de cristal, las famosas torres de Parque Central (orgullosos testigos insobornables de la Caracas de antaño, la Venezuela saudita), y escuchar ocasionalmente los tiros de alguna reyerta en el barrio también.

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07. La importancia de la salsa se refleja en las pinturas murales. Aquí el puertorriqueño Maelo, aunque el gran salsero venezolano es el caraqueño Óscar D’León.

Los barrios caraqueños como San Agustín son célebres por sus músicos, particularmente por la percusión y los ritmos que vinieron de África y aquí sobreviven. Otra cosa que nació en los barrios es la changa tuki, una variante de música electrónica con una trayectoria parecida al kunduro angoleño e igual de trallera. ‘Changa’ en realidad es una palabra que se utiliza desde los años 90 para referirse al tecno, como nuestro ‘chunda chunda’. El paradigma es precisamente el grupo Technotronic, cuyo hit ‘Pump up the Jam’ dio nombre aquí en Venezuela a una nueva tribu urbana que eran los ‘woperó’ (o pump it up dicho muy deprisa). Los jóvenes sifrinos se hicieron woperós, esto es los modernos de los 90. Pero la música es lo más democrático del mundo, y toda la electrónica que vino después de ‘Pump up the Jam’ siguió escuchándose en los barrios y mezclándose con los ritmos caribeños y el reggaetón, degenerándose hasta dar lugar a una electrónica nada delicada que es la changa tuki. Una música que se te mete en el sistema nervioso y te obliga a moverte como loco.

 

Ver bailar a los tukis es algo bastante curioso. En youtube abundan las competiciones de baile grabadas con el móvil. Uno pensaría que los tukis serían considerados los vanguardistas de ahora, pero en realidad ser tuki se asocia con las clases populares, a pesar de remotamente compartir raíces con los modernos clase media desde aquellos tiempos de los woperós. La palabra ‘tuki’ suena bastante despectiva. La estética de los tukis, tan denostada por el resto de la sociedad, es una locura que mezcla elementos noventeros de los woperó con el tecktonic e incluso algún momento rockabilly. Todo esto ha sucedido al margen de los grandes medios de tendencias, lo que quizá convierta todo el universo de la changa tuki en uno de los más netamente caraqueños y más curiosos de entre los fenómenos de la cultura urbana que la ciudad de Caracas ha producido.

 

Me estoy quedando en un cuarto prestado en la planta baja de una quinta. Está rodeado por un jardín un poco silvestre y bastante tupido. Yo lo he bautizado como La Guarida. Cada vez que regreso a la guarida ejecuto un riguroso ritual antimosquitos: cambio las plaquitas de los enchufes, enciendo las velas de citronella y me cubro de repelente en su variante en crema, gel, toallita o spray. Solo entonces puedo abrir las ventanas y las puertas que dan al jardín. Soy el Cristo de los mosquitos: todos vienen y comen de mí. Me sirvo una copa de vino (tinto, chileno que es el que más y a mejor precio llega por aquí, enfriado en la nevera) y me enciendo un cigarro que hago con la picadura que traje de España. Tiempo total empleado en acondicionar la guarida, unos diez minutos. Es un momento perfecto, durante el cual me siento muy afortunada.

 

La ley antitabaco es más dura que en España. No se puede fumar en las terrazas de los bares, por ejemplo. En Caracas se toman la prohibición con bastante rigor (después comprobaría que en Isla Margarita son bastante más laxos). Estoy en un restaurante peruano dentro de un párking. Los rumores dicen que ahora también pasan cosas en párkings, que te pueden robar o secuestrar. Pero tengo demasiadas ganas de fumar y asco a la paranoia así que salgo sola. Y como soy un poco pringada, o galla como le dicen aquí, me escondo en unas escaleras, porque tengo más miedo de que me vea uno de seguridad y se crea que me estoy fumando un porro (nadie fuma tabaco de liar) que a que me secuestren. Tengo en mi ángulo de visión los neones de un puticlub importante, también entre los puticlubs hay clases. Los neones zumban y todo está envuelto en un ruido industrial. Me fumo el cigarro enfrente de un cartel gigante de prohibido fumar.

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08. En el metro de Caracas, un niño lleva la camiseta de ‘la vinotinto’: la selección nacional de fútbol en un país tradicionalmente mucho más beisbolero.

 

A veces los rumores se concretan. La noche antes de partir hacia Margarita secuestran a dos amigos. El relato de las horas que pasan por Caracas con los ojos cerrados sopena de recibir un tiro, pone los pelos de punta y dispara la paranoia de nuevo. Parece que los otros van jalados (o sea, de coca hasta el culo) y se enfadan cuando descubren que sus víctimas no tenían tanto dinero como pensaban. Somos diseñadores, somos artistas, vivimos de nuestro trabajo y no tenemos nada más, explican ellos diciendo estrictamente la verdad. Y los secuestradores les echan en cara esto, ser trabajadores y tener la profesión que tienen. Una mierda de secuestrados. Duele pensar en el sufrimiento de alguien que es muy cercano a uno, en el miedo y en la humillación que pasaron. Sentir el frío cañón de una pistola cargada en la mejilla. A veces los secuestradores son policías, y amenazan a sus víctimas con tomar medidas inmediatamente si denuncian.

 

- ¿Por qué lo haces?

- Porque puedo.

 

En el coche camino a Puerto la Cruz, donde tomaremos el ferry a Isla Margarita, nos inventamos una historia. Surge de manera natural, yo sé que es el instinto para lidiar con el miedo. Es la historia de Gavilán City, una ciudad del futuro. Los gavilanes son una de las especies de rapaces que habitan el Ávila y las zonas verdes de Caracas. No es extraño ver su hermoso planear sobre la ciudad, como vigilando, y por eso es el ave que toma nuestro súper héroe como emblema. Él se llamará Súper Gavilán. Gavilán City es una ciudad célebre por sus restaurantes de lujo. Sin embargo nadie pisa la calle en Gavilán City, literalmente. Es una ciudad que se vive a cubierto, donde uno tiene que estar autorizado para acceder a cualquier espacio. Hay unas bandas de ladrones sanguinarios que atemorizan a los ciudadanos de Gavilán City tanto como el ejército de su también sanguinario, aunque refinado, Presidente. El mejor amigo del Presidente es el hombre más rico de Gavilán City, el hombre que fabrica todos los sistemas de seguridad, alarmas y aparatos para identificación que hay en la ciudad. Tiene una hija, Electra. Electra tendrá un romance con Súper Gavilán. Durante el día, Súper Gavilán es el ayudante de un sastre.

 

Nadie ha puesto al ejército en la calle para atajar el problema de la inseguridad. La gente lucha por conquistar los espacios públicos. El presidente no es refinado. Gavilán City no existe.

 

Hacemos muchas bromas. Por ejemplo, si un conductor se nos atraviesa de mala manera. ¿Le hago una paloma? Sí. ¿A lo mejor se baja y nos dispara? También. Nos reímos del hecho insólito de que los secuestradores dejen a nuestros amigos tirados en la calle y tengan el detalle de dejarles unos bolívares para agarrar un taxi. Las historias de Gavilán City también desaparecen con la paranoia. Cuando los efectos del secuestro empiezan a desaparecer, desaparece Súper Gavilán.

 

Alguien me dijo una vez que Caracas es como esa mala mujer a la que siempre vuelves. Qué lleva a los caraqueños a amar tanto una ciudad tan dura, quizá sea ese orgullo de sobrevivirla, y de encontrar la belleza que dentro de esa dureza la ciudad alberga. Sin la violencia, quizá no habría tantos atascos, porque la gente no tendría problema en ir a todas partes caminando, o en bici, o en más transporte público. Se comería rico como se come ahora, y se disfrutaría plenamente de la cadencia sabia de estas latitudes.

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09. El dominó es muy importante y todo el mundo lo juega.

Simón Díaz es para mí lo más hermoso de Venezuela. Escucharlo es verle el plumero a Devendra, quien por cierto vivió hasta los catorce años en Caracas. Simón Díaz es the real thing, the real flavour. Siempre digo bromeando que los municipios venezolanos deberían tener por ley, en lugar de una plaza dedicada a Simón Bolívar (como es el caso hoy), una dedicada a Simón Díaz. Las tonadas de Simón Díaz son la poesía de esta tierra, el alma, el espíritu más delicado. Un día iba en el metro de Madrid leyendo y un hombre con una guitarra subió al vagón y se ubicó a mi lado. ¡Maldición!, me dije. La guitarra por la oreja y se acabó la lectura. El hombre empezó a tocar y a cantar. Yo esperaba, como suele ser, la horrorosa Bamba o el Quizás, quizás, quizás, pero empezó a cantar Cuando el amor llega así de esta manera, uno no se da ni cuenta… La letra de Caballo Viejo. Me emocionó aunque no era un gran músico. Cuando terminó, le di unas monedas y le pregunte que si era venezolano, porque había cantado a Simón Díaz. Sin muchas ganas de hablar me respondió: Sí, caraqueño. Le sonreí. Y sin hacerme mucho caso se marchó con su guayabo, con su nostalgia.

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10. Las torres de Parque Central.

 

Postdata: Aunque si usted quiere ambientar esta lectura con música que lo lleve a Caracas, busque en Spotify a Óscar D’León.

Texto : Almudena Monzú (blog fichas y fluorescentes de cine y guión)

Fotografía: Carolina Burbano

 

 

Links externos:

Caracas Moderna - Excelente blog con lo mejor de la arquitectura de Caracas entre 1940-60. ¡Sale la casa donde yo me quedé! El edificio Univers.

Chávez, “La función debe continuar”: De Últimas Noticias. La prensa está súper politizada, Última Noticias es cercano al gobierno pero crítico también. Noam Chomsky colaboraba.

Tuki Love (Pocz&Pacheko) - Djs locales haciéndose con el fenómeno

“La cultura tuki en Venezuela ya tiene documental”

El parampampán de Óscar de León (De los negros de Caracas…)

“La montaña late con el pam pam pam de los tambores, y no hay momento del día en el que no salga música de algún lado”

Caballo Viejo de Simón Díaz

Tonada de luna llena Simón Díaz

Devendra cover de Simón Díaz Luna de Margarita:

Septiembre de 2012: Están demoliendo La Planta y ahora van a hacer un parque

Muy fuerte: “los pranes del Retén de La Planta tienen un arsenal casi de guerra, el cual difunden a través de una cuenta en Facebook.”

 

 

 


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